Revista literaria avant la lettre

Top 3 de mis mejores despidos

PUESTO 3: EL VIAJE A INNSBRUCK 

Poca gente puede decir que con 22 añitos ya es broker aéreo. Yo sí puedo. Siendo un pipiolo me dejé engatusar por un mundo de lujo y desen­freno: coches des­ca­po­ta­bles de alta gama, gomina a bor­bo­to­nes y cin­tu­ro­nes con hebillas sufi­cien­te­mente grandes como para poder leer en ellas «Dolce & Gabbana». Para que entendáis el nivel, la entre­vista de trabajo me la hicieron en una maris­que­ría. Y así, entre percebe y percebe, comprendí que esa era la vida que yo anhelaba.

Pasaron los meses y mientras el resto de com­pa­ñe­ros se hartaban a cerrar ope­ra­cio­nes y a comprarse cin­tu­ro­nes con hebillas cada vez más grandes, yo era incapaz de vender nada. Empezaron a ponerme el mote de «el tele­fo­nista» porque eso era lo que hacía, atender llamadas y pasarlas. Pero un día la suerte llamó a mi puerta. Un grupo de 60 personas quería viajar a Innsbruck y conseguí un vuelo a un precio irrisorio. ¡Por fin llegó mi momento! Debía mantener la calma. Era la ocasión perfecta para endo­sar­les una comisión estra­tos­fé­rica que iría a parar direc­ta­mente a mi bolsillo.

Motivo del despido: Con los nervios y las prisas le reenvié al cliente el precio del vuelo en neto, sin incluirle ninguna comisión. Tampoco le cobré el catering premium que nos había soli­ci­tado.

Pérdidas: 7.300€


PUESTO 2: NO OMELETTE? (Vol. 1)

Muy poca gente puede decir que con 23 añitos ya ha sido broker aéreo y jefe encargado del economato de un hotel de Magaluf con más de 700 habi­ta­cio­nes con sus corres­pon­dien­tes balcones. Yo sí puedo. La entre­vista me la hicieron en el snack-bar del hotel. Y así, entre bocado y bocado a una pizza cuatro quesos pre­co­ci­nada, comprendí que iba a pasar de trabajar en la última planta de un ras­ca­cie­los al sótano de una mole de hormigón. La gomina ya no era requisito indis­pen­sa­ble para el puesto de trabajo pero la res­pon­sa­bi­li­dad seguía siendo máxima. 120 metros cuadrados de estan­te­rías repletas de alimentos y bebidas eran mis dominios. De mi capacidad de gestión dependía satis­fa­cer las nece­si­da­des de más de un millar de huéspedes bri­tá­ni­cos y tres­cien­tos empleados. Era una tarea tre­men­da­mente ardua, pero por suerte el programa infor­má­tico para hacer los pedidos faci­li­taba bastante el trabajo porque era sencillo e intuitivo.

Motivo del despido: El programa infor­má­tico para hacer los pedidos resultó no ser tan intuitivo y sí, a todas luces, muy mejorable. No me saltó ninguna alarma infor­mando que iba a dejar a huéspedes y empleados sin huevos ni leche todo un fin de semana. (Nota: no me des­pi­die­ron, pero me dieron un toque de atención que sonaba a ultimátum).

Pérdidas: eco­nó­mi­cas ninguna, pero ese fin de semana se batieron todos los récords de quejas y recla­ma­cio­nes desde que abrió el hotel allá por 1967.


PUESTO 1: NO OMELETTE? (Vol. 2 Salmón edition)

Nadie puede decir que con 23 añitos ya haya hecho perder 7.300€ a una empresa y haya impedido el desayuno en el hotel durante un fin de semana a casi 1.500 personas. Yo sí puedo. La charla que man­tu­vi­mos el director, el res­pon­sa­ble de recursos humanos, el abogado del hotel y yo estaba aún muy reciente. La presión era enorme, pero yo no me iba a dejar ame­dren­tar. Y así, entre lágrimas y fuertes estre­me­ci­mien­tos, decidí recom­po­nerme. No importa cuántas veces caigas, sino cuántas seas capaz de levan­tarte. Quería demostrar a todo el mundo que sí, me había equi­vo­cado, había cometido un error pero había aprendido de él y había vuelto más fuerte y más seguro de mis capa­ci­da­des. ¿Tocado? Sí. ¿Hundido? Jamás.

Pero el destino es capri­choso y quiso ponerme a prueba. El primer pedido que había sobre mi escri­to­rio era de 40 kilos de salmón. Por si no lo sabéis, el salmón es la crip­to­mo­neda del océano. Su valor es altamente volátil y hay que andarse con mucho ojo si no quieres llevarte ninguna sorpresa. Nor­mal­mente hubiera dudado, revisado una y mil veces el pedido antes de aceptarlo. Pero ese día no. Estaba seguro y confiado así que lo acepté con decisión y firmeza.

Motivo del despido: hay que moderar la decisión porque a veces un exceso te puede jugar una mala pasada. Al parecer tecleé con tanta fuerza que en vez de 40 pedí 400 kilos de salmón noruego cuyo precio estaba por las nubes. La elevada factura y la inca­pa­ci­dad logística para almacenar tan ingente cantidad de salmón fresco me puso de patitas en la calle ipso facto.

Pérdidas: 12.000€ y mucho salmón echado a perder.