Revista literaria avant la lettre

Grupo de apoyo para marxistas

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Cerca de medianoche, en un pabellón polideportivo del extrarradio madrileño hay un grupo de personas dispuestas en forma de círculo y mirándose cara a cara. Están en el centro de la cancha, sentadas sobre unas sillas de plástico blanco. En un lateral de la pista, al lado del portón de la entrada, hay una mesa con bollos dulces y café amargo. Uno de los hombres del corro está de pie, viste un chándal Adidas con la inscripción «CUBA» en la espalda. Lleva barba frondosa, varios pendientes y boina de cuero. Habla:

Buenas noches camaradas, yo soy Pablo (el resto responde al unísono: Hola, Pablo) Antes de nada, quiero agradecer a Jose sus palabras, siempre son fuente de inspiración, y me sumo a su bienvenida a los nuevos integrantes del grupo, veréis como aquí avanzáis en lo vuestro, sea lo que sea. Hoy me toca a mí, una vez más, contar mi problema, aunque sé que Mamen se enfada si lo llamo así (la tal Mamen sonríe desde su silla). Nuestras «opresiones», como dice ella.

Bueno, como ya sabéis la mayoría de vosotros, yo soy marxista desde los trece años. En casa siempre hubo esa tradición política, de la que me siento orgulloso. Desde siempre he sido de izquierdas, es decir de los buenos, y he odiado a los de derechas, o sea los malos. Todos en mi familia somos «zurdos», desde mis abuelas hasta mis primas pequeñas. Mis padres, por ejemplo, siempre han votado al PSOE, esto ahora me da un poco de asco, porque el PSOE es un partido burgués, pero en cualquier caso siempre han sido pro-proletariado, creo que me explico. De cualquier forma, yo decidí pronto que quería ser marxista, porque me gusta defender la verdad frente a la mentira, como a todos los marxistas, ¿no es cierto? (el grupo asiente). Rebosante de espíritu contestatario, me pasé la adolescencia escuchando grupos de rap sin mujeres que hablaban de lucha de clases, de orgullo obrero y de revolución. Me empapé de todos los cantautores españoles y latinos de la transición y la nueva trova, me vi todas las películas de la guerra civil, las cinco mil, y me leí con gusto a los Nerudas, Gabos y Lorcas.

A los dieciocho ya era un rojo hecho y derecho y en la uni seguí siendo marxista, por supuesto, como todos. En aquella época incluso llegué a leer a Marx y, afortunadamente, me gustó mucho. Otros no tuvieron tanta suerte; no les quedó otra que borrarse los tatuajes y vender las chaquetas de pana. El caso es que acabé la carrera y encontré un empleo aceptable, bueno, en realidad todo trabajo asalariado es inaceptable por definición, pero creo que me entendéis. Lo importante es que yo era feliz, mucho, era un marxista feliz y vivía como cualquier marxista: consumía contracultura, estaba en orgas contestatarias y leía columnistas protestones. Como digo, mi vida era plena hasta que hace unos cinco años… Todo empezó a torcerse. Aquí es cuando empiezan mis problemas (suspira)… Buf… Perdón, es que me emociono siempre (respira profundo) aparecieron unos síntomas (el llanto se asoma) Buf… Perdón, perdón… Ejem… Ya, va va… (suspira).

Poco a poco fui notando como pequeñas alteraciones, no sé cómo llamarlas, al principio no eran gran cosa, apenas las notaba, pero estaban ahí. Quizás estoy siendo muy impreciso, no es fácil de explicar. Para que os hagáis una idea, por ejemplo, empezó a rondarme la idea de invertir en Bitcoin. Como digo no era gran cosa. Simplemente, la idea de comparar barato y vender caro se me hacía interesante, nada más. Era una ocurrencia ligera, un pensamiento breve, pero era un indicio de algo más, y no supe verlo.

El caso es que con el tiempo los síntomas fueron creciendo y eran más profundos, más viscerales. Cuando en mi círculo se hablaba, por ejemplo, del abuso del alquiler, yo no podía dejar de pensar en el derecho del propietario a poner el precio que quisiera. Cuando leía noticias sobre el precio de la luz me parecía evidente que el mercado acabaría por autorregularse. Cuando llegó la hora de hacer la declaración de la renta, empecé a pensar que los impuestos eran un verdadero robo al ciudadano. Yo me negaba a verlo, notaba todas aquellas inclinaciones, era evidente, pero fingía que no significaban nada. Evitaba pensar en ello y seguí con mi vida. Entre manifas y centros autogestionados, se me olvidó manifestar y autogestionar mis sentimientos.

Estuve así durante meses hasta que, finalmente y como era esperable, un día exploté de la peor manera posible. Fue en un bar del centro, tomando algo con mi grupo de camaradas: el local estaba lleno y tardaron mucho en atendernos, algo que me mosqueó de mala manera, contuve mi rabia, pero cuando el camarero, al servirnos por fin, me tiró la cerveza por encima, no pude soportarlo más. Yo llevaba mi camisa favorita, una preciosa de seda y con cuello a lo mao que siempre llevaba el primero de mayo. Perdí la cabeza, le grité.

—¡Pero bueno, esto es una puta vergüenza! ¿Tú sabes lo que cuesta esta camisa, chaval? Eres un inepto. Tardas mil años y ni siquiera eres capaz de poner una cerveza en una mesa. La birra la pedí para beberla, ¡no para vestirla! —El camarero, a penas un chico, se defendía con balbuceos, estaba aterrorizado, pero yo no cedí — . ¿Dónde está el encargado? Dónde está que le voy a decir un par de cosas sobre lo que tiene contratado.

Mis compañeros revolucionarios no daban crédito; estaba echando a los leones a un pobre compa proletario, quejándome altivo como un burgués cualquiera. El camarero, para más inri, era racializado y por ello doblemente oprimido, ¡mi actitud era inaceptable! Pero yo no controlaba mis actos, era incapaz de frenar mis impulsos, la rabia me dominaba y, sobre todo, la certeza de tener la razón, por ser el cliente, me daba una total seguridad. Vino el dueño del establecimiento, le dije:

—Mire caballero, mire cómo me ha puesto la camisa su asqueroso sirve copas. El muy inútil me ha tirado la bebida por encima, es una maldita vergüenza. —El propietario asentía gentilmente, de vez en cuando miraba con desprecio al camarero y le golpeaba en la cara con un trapo sucio, lo cual a mí me parecía más que acertado — . Siempre ocurre lo mismo con esta chusma, son incapaces de hacer algo a derechas, por eso están donde están. Mediocres y vagos. Y que conste caballero que esto se lo digo por su bien y por el de su negocio. Usted arriesga su capital en crear trabajo de forma casi altruista y, como es costumbre en este país de holgazanes, sus empleados, que le deben la vida en cierto modo, se lo agradecen de esta manera. Le insto a que contrate a un nuevo plantel o, al menos, si decide mantener a esta recua de patanes, bájeles el sueldo, porque seguro no merecen la miseria que les esté pagando.

Aquello fue un punto de inflexión; ya no podía ignorar mi problema. No sabía lo que me pasaba, pero era como si el marxismo se me hubiese ido de repente. Hablaba sin pensar, de forma automática, y cuando pensaba los pensamientos estaban infectados de liberalismo. Me dominaba la mano invisible, como una posesión capitalista. Mis amistades, marxistas como yo, no comprendieron mi condición y me abandonaron por fascista. No les culpo, yo hubiese hecho lo mismo, pero estar solo hizo que los síntomas se agravasen. Yo ya no sabía quién era.

Intenté recuperar mi vida sin ayuda. Quizás, pensé, podría esconder las alteraciones, ocultarlas de algún modo, pero era imposible, siempre salían a la luz. Iba a las manifas pero —sin quererlo, ¡era algo inconsciente!— acababa en el lado de la policía, golpeando a los que fueran mis camaradas. En las huelgas, mal que me pese, simpatizaba con el patrón y, aunque hacía esfuerzos por quedarme en casa, acababa por ir al trabajo e, incluso, me quedaba un poco más de la jornada para compensar la ausencia de los compañeros. En una ocasión, me encontré con que a una familia de mi bloque, una madre soltera con tres hijos, le habían mandado la comunicación oficial del desahucio. La mujer llamó a mi puerta desesperada, me había visto en reuniones de la PAH y esperaba ayuda de un marxista organizado… Intenté ayudarla (emocionado), lo juro, quise resistir (solloza), pero no pude, mi problema ganó la batalla… Les corté la luz, el gas y el agua, para que abandonasen el piso cuanto antes. No podía soportar la idea de una propiedad en manos ilegítimas. Cuando llegó el día del desalojo, preparé café y tostadas para las fuerzas del orden y el apoderado del banco.

Me sentía sucio, un impostor, me odiaba a mí mismo, ¡estaba perdido! Guiado por la web, realicé varias terapias alternativas de conversión que prometían devolverme el marxismo, me explicaban la teoría de nuevo, con más retórica, y me sugestionaban con historias de opresión o relatos heroicos de revoluciones brillantes, pero no funcionaban. Llegué a pensar que había algo mal conmigo, que tenía un problema en el cerebro o algo semejante, que mi lóbulo marxista estaba podrido o qué se yo, estaba realmente desesperado.

En mi peor momento, a punto de suicidarme con un piolet oxidado, descubrí este grupo y la labor que hace Jose con personas como nosotros, poco a poco, he conseguido mejorar. Progreso cada día y hoy puedo decir que los síntomas ya no son un problema. Mi familia también me ha ayudado mucho, supongo que tener unos padres del PSOE no era tan malo como pensaba (risas).

Ahora procuro convivir conmigo mismo y calmar mis síntomas con pequeñas estratagemas. Por ejemplo, yo ahora me manifiesto por mi cuenta, o sea, cuando toca protesta creo un itinerario alternativo al de los sindicatos, uno que a mí me guste y llene, y lo ejecuto a la hora establecida. Grito y protesto como el que más, pero individualmente, sin que me impongan un camino, y eso me calma mucho. Otro truco, siempre que hay una huelga pido día de asuntos propios, así me libro de conflictos con mis fantasmas liberales. Finalmente, y esto es lo que más me ha ayudado, me he creado un plan quinquenal para mí mismo. Tengo perfectamente establecida la producción y el gasto que he de realizar en los próximos años. De este modo vivo en una economía dirigida, eso es indiscutible, pero desde la libertad individual, sin intervención estatal, y eso es algo que me proporciona mucha paz.

Puede que el mío no sea el marxismo más puro o el más perfecto, pero es mi marxismo y yo lo acepto tal y como es, eso por fin lo he aprendido.

Muchas gracias por escucharme, camaradas. Me son de mucha ayuda estas reuniones y espero que también lo sean para vosotros. Gracias por no juzgarme y crear un espacio seguro, esto es lo mejor que tengo. Nada más por mi parte.

Salud, república y muerte a la burguesía.

El grupo aplaude tímidamente, las palmadas rebotan en las paredes hormigonadas del pabellón dándole al ambiente una vibración nostálgica. Tras un breve minuto un tanto incómodo, Jose, el psicólogo marxista, toma la palabra para dar paso al siguiente miembro del grupo: Clara, una socialista propietaria de un bar que tiene fobia a pagar a sus empleados. Al mismo tiempo, en el centro de la ciudad, otro grupo de apoyo habla de sus problemas, o «mediocridades», como las llama Cayetano. Le toca a hablar a Dulci, una neoliberal que se ha esforzado siempre mucho en su trabajo y que acaba de ser despedida; pasa por una crisis de fe en el contrato único.

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