Revista literaria avant la lettre

Extractos de la adaptación cinematográfica de «El señor de los anillos», de José Luis Cuerda

—¡Gandalf! ¡Dichosos los ojos! ¡Y encima llevas el remolque colmao!

—Por supuesto, he traído la pólvora para los fuegos arti­fi­cia­les en honor a la Virgen de la Caridad.

Hobbit #1: —¡Viva la Virgen de la Caridad!

Coro de hobbits: —¡Viva!


—Gracias a todos por venir a mi cum­plea­ños, espero que disfruten de las barracas de tiro al muñeco. Ya he visto que le habéis atacado a las media­lu­nas yorkeso, y recuerden no pasarse levan­tando el porrón. Ahora, si me disculpan ustedes, quiero apro­ve­char la atención que me prestan para deciros que son ustedes unos apro­ve­chaos, así que en cuanto me enchufe la sortija, voy a des­apa­re­cer para perderos de vista, ¡pen­den­cie­ros! ¡Saca­cuar­tos!

Bilbo se pone el anillo y se desvanece.

(Se oyen gritos dispersos: —¡Adiós! —¡Pero si se ha ido sin sacar la tarta! —¡Qué mal queda!)


Saruman dialoga con Gandalf. Suena la Danza ritual del fuego de Manuel de Falla.

—Pero alma de cántaro, pre­ci­sa­mente hoy, que venía a hablarte de nuestro salvador Sauron, te me pones estupendo.

—Ni estupendo ni estupenda, reina mía, que tú y yo sabemos que el ojo ese tiene muy mala idea.


En la sobremesa de Elrond.

—En resumen, que se apuntan a la acampada sabática el rubio, el enano, un cazador de liebres, el párroco, tres o cuatro hobbits y el mago vendrá unos días sólo, que tiene comunión en su pueblo y le parte la semana.

—A mí me parece satis­fac­to­rio, siempre y cuando no me dejéis cargar a mí con todas las can­tim­plo­ras, que os conozco.

—Pues con estos bueyes hemos de arar, ¿Pedimos café, o nos echamos la siesta?


—Se tardan al menos 10 años en formular esa cuestión en lengua Ent.

—Lo cortés no quita lo valiente. Siendo esta una tarea de suma impor­tan­cia, podíais haber buscado una excusa que no me diera ganas de estam­pa­ros el borrico en la puta cabeza. Menudo cuajo tenéis, hermosos.


—Ya verás cuando lleguemos a las minas, Légolas, vas a ver. Menudas cervezas tira mi prima, uff, vas a ver. ¿Y el chuletón? Eso es de un plano de la realidad distinto al nuestro. Te lo digo, vas a ver. Y el coro de niños castrati, con unas voces que harían llorar a todos los santos, ame­ni­zando la velada. Vas a ver cómo nos reciben, Légolas. Aunque espero no encon­trar­nos con mi primo, que le debo dinero y me rondé con su doncella, y se pone muy terco cuando me ve aparecer…

—Madre mía, Gimli, eres más cansino que un sordo arreán­dole a una campana, quieres dejarme en paz, vir­gen­cica que des­aso­siego.


Gandalf, a los hobbits.

—Pero qué águilas ni qué niño muerto, andando, que para eso tenéis dos piernas, delante de mí os quiero ver, va, ¿o estáis esperando que os de un besico?


—¡Ostia, un elfo! (sale corriendo).


 —Oiga usted, ¿es cons­ciente del peso que acarrea sobre sus hombros? Cargar con semejante res­pon­sa­bi­li­dad se me antoja demasiado para un Hobbit de su tamaño, ana­tó­mi­ca­mente hablando.

—Uy, y tan seguro, que esto lo tengo yo hablado con los del concilio de Elrond.

—Vaya, pues no quiera ser yo más papista que el Papa, adelante, siga con su camino, y no se preocupe por mis emo­lu­men­tos, que ya pediré yo una ayuda a los elfos.


Saruman, hablando desde la torre de Isengard, suena El amor Brujo de Manuel de Falla.

—En resumen, os quiero a todos a filas de a uno cuando marchemos. Los que puedan ir a trote cochinero, que vayan delante, con los galanes. Los mozos y las mozas casaderos deberán ir por separado para no entre­te­nerse. Los guardias deberán marchar detrás, para vigilar que los foras­te­ros no deserten. Y si los de la banda municipal os piden una gotica, cuidado, nada de cogorzas hasta con­quis­tar ningún pueblo, ¿me habéis oído, o tengo que bajar? Como baje me encon­tráis, eh.


Un lagarto se desdobla y habla consigo mismo.

—Pazguato. Papanatas. Te han quitado lo más sagrado, la sangre de nuestro corazón, el anillo de nuestras entre­te­las.

—Calla tú, que algún día de estos se lo quitamos al zam­pa­bo­llos y al llorica.

—Corre­vei­di­les, que estás hecho una miseria, ¿tú te has mirado, que da angustia verte?

—Ya verás, cuando coja la sortija no te va a dar el aire, no.


Se abren las portás de un palacete, entra un cagapri­sas. Suena Noches en los Jardines de España, de Manuel de Falla.

—No quisiera yo impor­tu­nar, Dios me libre, pero han prendido la lumbre y parece ser que Gondor está escaso de personal.

—Estupendo, en un momento mandamos una cuadrilla lustrosa de Rohan para capear el temporal. Me los bendice el párroco y están listos para salir. ¿Saben si le hacen ascos en Gondor a que llevemos católicos apos­tó­li­cos romanos? Que luego tenemos dimes y diretes, y por ahí sí que no vamos a la guerra con nadie, faltaría más.


Unos orcos jóvenes dialogan mientras vigilan la puerta de Mordor

—Entonces, ¿de qué nos sirve con­quis­tar la Tierra Media? Que sí, que sería con­quis­tada por nuestra raza, y es inevi­ta­ble el ánimo de extensión terri­to­rial de nuestra especie, siendo ese nuestro devenir en esta historia, pero, ¿y si al sembrar los pastos de llamas, pro­vo­ca­mos que en un futuro las llamas devengan en nosotros, o peor aún, sobre nuestros des­cen­dien­tes?

—Pero eso que planteas no es otra cosa que la paradoja del eterno retorno, y ya lo hemos discutido mil veces. Sabes que tarde o temprano, vol­ve­re­mos al teorema de la recu­rren­cia de Poincaré.

—Uy, ya te estás poniendo estoico, has vuelto a leer a Nietzsche antes de dormir, ¿verdad?

—Estoicos tus muertos, si eres tú el que está plan­teando esa posi­bi­li­dad, yo solo la enmarco dentro de un contexto filo­só­fico existente.

—¿Estoicos mis muertos? A que te reviento.

(Se enganchan, pero se amagan más que pelean de verdad).


En la colina del cerro con fuego, después de tirar el anillo a las ascuas.

—Frodo, hermano de otra madre, ya lo veo. Cierro los ojos y veo el pueblo, la verbena, el sol saliendo por donde quiera. Veo la tin­to­re­ría, que tengo que llevar el traje este que llevo, el puesto de churros donde nos pedimos siempre una rosca entre todos, y hasta me veo con la Marisa, mudán­do­nos a la casa que dejó mi abuela, que en paz descanse. Te veo a ti yéndote de crucero con tu tío, que te recuerdo que que­das­teis en eso si volvíamos. Ay, que se acaba ya esto, que descanso me va a quedar…

—Sam, creo que para este viaje, no hacían falta tantas alforjas.