Revista literaria avant la lettre

El ejercicio de estilo 101, de Raymond Queneau

Bélico

A las 12:38, bajo la metralla y las explo­sio­nes, alcancé la chatarra del viejo autobús de la línea S. Encontré al soldado joven, herido, iden­ti­fi­ca­ble por el cordón azul en el casco y por su cuello largo, que tenía ensan­gren­tado. Otros soldados salían en otras direc­cio­nes dis­pa­rando al enemigo.

—Me duele —dijo el soldado del cordón—. ¡Y ese de ahí no deja de moles­tarme!

—¿Quién?

—Ese. ¡Ese de ahí!

No vi a nadie en la oscuridad de hierros y asientos rotos.

—¡No para de empujarme!

—Está bien, está bien, chico —le calmé. Pero yo seguía sin ver nada—. Descansa, descansa.

Expulsaba mucha sangre por la herida del cuello. Intenté taponarla con una gasa del botiquín, cuando el soldado de repente saltó a otra zona del autobús. Allí pareció calmarse. Me acerqué, pero ya era demasiado tarde.

Dos horas después, creí ver a alguien en la Plaza de Roma, frente a la estación de Saint-Lazare, donde estaba el hospital de campaña. Creí que era el chico, que parecía que hablaba con alguien que le señalaba el chaleco. Pero eso, eso era del todo imposible.