Revista literaria avant la lettre

He leído a Nietzsche y ha sido la peor decisión de toda mi vida

Hoy en día se vive una auténtica fiebre por la filosofía. Todos los ado­les­cen­tes están locos con este tema y es abru­ma­dora la abun­dan­cia de programas de tele­vi­sión dedicados a difundir teorías filo­só­fi­cas de todo tipo. A fin de no quedarme atrás y estar a la moda, he estado leyendo a uno de estos filósofos de los que todo el mundo habla. Me decidí por Friedrich Nietzsche porque el nombre me hizo gracia y porque los títulos de sus libros tienen mucho más gancho que los de los demás filósofos. Me pareció que libros con títulos como El Anti­cristo o Más allá del bien y del mal serían más adecuados para mí, que siempre he sido afi­cio­nado a las películas de acción. ¡Qué gran error cometí! ¡Cómo me gustaría volver al día que visité la librería Libros Maripaz para detener mi mano justo en el momento en el que fui a agarrar Así habló Zara­tus­tra! Leer a Nietzsche es una de las peores cosas que he hecho en mi vida. Un mes después de aquella terrible decisión estoy magullado, arruinado y me aver­güenza salir de casa.

Nietzsche dice que el hombre debe intentar, por todos los medios a su alcance, con­ver­tirse en un super­hom­bre. Y para ello aconseja vivir peli­gro­sa­mente. Y yo pensé, iluso de mí, que eso era algo que estaba a mi alcance. Siempre he sido algo patoso así que pensé que añadir un poco de peligro y temeridad a mi vida sería fácil. 

A fin de vivir peli­gro­sa­mente lo primero que hice fue comprarme un quad, porque tienen un índice de acci­den­tes inusual­mente alto comparado con cualquier otro vehículo terrestre, incluido los tanques Panzer nazis, que causaron numerosas bajas (en ambos bandos) durante la Segunda Guerra Mundial y aún así son, esta­dís­ti­ca­mente, más seguros que los cua­tri­mo­to­res. Nietzsche apenas habla de los quads en sus escritos, pero estoy seguro de que aprobaría su peli­gro­si­dad, su eminente mas­cu­li­ni­dad y su clarísima vin­cu­la­ción a lo que él considera «espíritu guerrero». Pues bien, el quad tiende a volcarse en todas las curvas. Me he roto un brazo y tres costillas. Aunque el nivel de peli­gro­si­dad es alto, están lejos de ate­mo­ri­zar «enemigos» y sus acci­den­tes auto­in­fli­gi­dos son ridículos y no hay en ellos pizca de épica.  

El otro día me colé en el super­mer­cado con la esperanza de generar disputa, lucha y guerra. Fue un éxito dado que una señora mayor me dio un codazo en las costillas. Esto me hizo llorar durante algunas horas dado que mis costillas estaban ya rotas a causa de mis múltiples acci­den­tes con el quad. Nietzsche no dice nada sobre llorar pero entiendo que lo des­apro­ba­ría tajan­te­mente. 

A fin de desafiar a mi propio destino, he pasado por debajo de todas las escaleras por las que he podido. Admito que esto añade un com­po­nente de super­che­ría a mi estra­te­gia de exponerme al máximo peligro posible pero pensé que tampoco hacía daño. De hecho, cavilé sobre el asunto y llegué a la con­clu­sión de que pasar por debajo de escaleras quizá no con­lle­vaba mala suerte pero tampoco parece saludable dado que se le pueden caer a uno bastantes cosas encima (pintura, llaves inglesas, personas de clase obrera). Agradezco que en mi caso no haya sido así pero me he llevado algunos insultos por parte de algunos operarios, al no respetar yo sus sus indi­ca­cio­nes y saltarme sus cordones de seguridad. ¿Es esto vivir peli­gro­sa­mente? No lo sé. No creo. 

Durante las últimas semanas, siempre que he cogido taxis he decidido no ponerme cinturón de seguridad. Admito que no ponerse el cinturón de seguridad añade un por­cen­taje de peligro insig­ni­fi­cante a la expe­rien­cia de ser trans­por­tado por uno de los taxistas kamikazes de nuestra ciudad. 

Al volver a casa de noche he tran­si­tado por algunas calles que hasta ahora, antes de leer a Nietzsche, procuraba evitar. Lo he hecho con la esperanza de ser atracado y vivir autén­ti­cos peligros. Conseguí mi objetivo y fui atracado por un vagabundo borracho sujetando un palo oxidado. Mientras le daba los cinco euros que llevaba encima, pensé que de los dos, el que estaba más cerca de «alcanzar un estado de madurez espi­ri­tual y moral superior al que considera el del hombre común» y que define lo que Nietzsche considera un super­hom­bre, era él y no yo.

He usado el taladro más de la cuenta, a veces incluso sin nece­si­tarlo. Si bien usar el taladro no ha supuesto apenas peligro, mi vecino Fermín se ha enfadado conmigo y hemos acabado dis­cu­tiendo. Nietzsche considera que «el dolor es necesario para la trans­for­ma­ción positiva y debe ser abrazado», pero eso hizo que doliera menos el puñetazo que me propinó Fermín tras expli­carle que estaba agu­je­reando la pared con la esperanza de buscar emociones y peligro. Entendí que para Fermín (al contrario que para mí) usar el taladro no era emo­cio­nante ni peligroso sino tan solo ruidoso y molesto.

He pisado una piel de plátano que había en el suelo pensando en que eso pro­vo­ca­ría una escena peligrosa y de la que Nietzsche estaría orgulloso. He patinado durante dos metros hasta caer de cabeza en una zanja recién cementada. Al incor­po­rarme, buena cantidad del cemento se me ha quedado pegado en el pelo, lo que me ha obligado a ir a Urgencias. Ahí se han limitado a colgarme un cartel de «cemento fresco» en el cogote y luego me han dado unas tijeras para que intente arran­carme del cráneo el pedrusco de cemento, ya endu­re­cido. Luego me han dado unos conos peque­ñi­tos para ponér­me­los en la cabeza dando a entender que la parte superior de mi cuerpo está en obras, aunque esto creo que ha sido ya mero pitorreo. En defi­ni­tiva, con esta operación he con­se­guido más hilaridad que peligro y esto es bastante poco nietz­scheano.

He cruzado sin mirar, lo que parece peligroso y de hecho es peligroso pero no me ha supuesto ningún tipo de perjuicio serio. He recibido insultos como «gili­po­llas» o «imbécil» pro­fe­ri­dos por algunos con­duc­to­res de autobús que no han sabido ver la grandeza de mi per­se­cu­ción de la super­hom­bría. En una ocasión me choqué con un repar­ti­dor en patinete y acabé bastante magullado, además de que tuve que pagarle la comida que llevaba encima, valorada en 74 euros. 

Tras el fracaso con el asunto de los semáforos y decidido a vivir un tipo de peligro mayor, he declarado la guerra a Francia por carta. No he recibido respuesta pero la intención es lo que cuenta. Creo que en este aspecto he obrado bien, pues una vez Francia responda estoy dispuesto a batallar hasta mi último aliento y a morir (o a ser gra­ve­mente herido) en el frente.

Nietzsche dice que lo que no te mata te hace más fuerte, pero tras algunos meses siguiendo una dieta basada en este precepto he de decir que no estoy más «fuerte-fuerte» sino más bien más «gordo-gordo». Todo lo que es peligroso para el cuerpo suele serlo porque incluye bastante grasa o demasiado azúcar, por lo que tras varios días «viviendo peli­gro­sa­mente» mi aspecto dista mucho de parecer, no ya el de un «super­hom­bre», sino también el de un hombre media­na­mente audaz e incluso sim­ple­mente saludable. No dudo en que ali­men­tarse siguiendo una dieta auto­des­truc­tiva sea nietz­scheano, pero desde luego no es estético ni agradable a la vista.

En defi­ni­tiva, creo que no he llegado a ser un super­hom­bre. Nietzsche prometía la inmor­ta­li­dad y el eterno retorno para quien viviera así y no se me ocurre tormento peor. Si bien no me atrevo a decir que en lo de vivir peli­gro­sa­mente esté equi­vo­cado porque me temo que yo sim­ple­mente no estoy a la altura, confío en que sí esté equi­vo­cado en su teoría de que viviremos nuestras vidas una y otra y otra vez. 

La idea, en todo caso, me resulta depri­mente y creo ahora que debería haber escogido otro tipo de filosofía más adecuada a mi persona. En cuanto mi salud se recom­ponga y pague los 18.000 euros en multas que he acumulado durante el pasado mes intentaré encontrar prin­ci­pios éticos más sencillos. Además, necesito leer algo que me anime, así que mi próxima lectura es Arthur Scho­penhauer, que tiene un libro titulado Parerga y Para­li­po­mena que tiene pinta de ser infantil, sencillo de entender y jovial.