Revista literaria avant la lettre

Texto de la contraportada de un LP de Jazz de 1962 escrito por alguien a quien no han felicitado por su cumpleaños

The Olive «Smoothy» Nelson Quartet — Riding the Smoothy
Recorded Live at Carnegie Hall 1962

Olive Nelson — saxophone
Lalo Schriffin — piano
Terry Clark — con­tra­bajo
Art Johnson — batería

¿Sabes ese momento en el que todos los velos de la realidad se disuelven y des­apa­re­cen? El tiempo se detiene, la lengua se deshace de sus ataduras, la mirada es clara y limpia. Puedes ver con nitidez tu tra­yec­to­ria vital, el peso de la tradición y los años tras de ti, saber quién te ama de verdad o quién se olvida de ti.

En este disco son cuatro los titanes que ayudarán al oyente iniciado en el jazz a llevar a cabo ese proceso: los com­po­nen­tes del Olive «Smoothy Lips» Nelson Quartet han dejado atrás a sus ídolos para empezar a construir su propio lenguaje jaz­zís­tico y con­ver­tirse en los modelos de la siguiente gene­ra­ción. Han pasado de ser davids a ser goliats, sim­ple­mente per­ma­ne­ciendo autén­ti­cos a sí mismos, lo que no es fácil. Cuatro gigantes que pueden ser mezclados, pero no batidos, con­ser­vando cada uno su indi­vi­dua­li­dad.

El concierto que los com­po­nen­tes del Olive Nelson Quartet ofre­cie­ron el 3 de enero en el Carnegie Hall es una muestra de la meta­mor­fo­sis que ha llevado a cabo esa formación. Por ello, para cual­quiera que lo escuche se hará difícil de olvidar. Espe­cial­mente si, como era mi caso, coincide con la fecha de tu propio cum­plea­ños. El reper­to­rio de canciones que nos regaló el Nelson Quartet fueron el único regalo que el que escribe recibió en todo el día.

¿Puede un concierto de jazz vivido en solitario sustituir una llamada de teléfono de tus allegados o una tarjeta de feli­ci­ta­ción? ¿Puede la música hacer menos doloroso que todos tus conocidos se olviden de feli­ci­tarte? Defi­ni­ti­va­mente no, pero eso no debe hacernos olvidar la maestría que demostró el cuarteto de «Smoothy Lips» Nelson hace unos meses y que recoge este álbum.

A dife­ren­cia de otras cosas (por ejemplo, mi cum­plea­ños, que apa­ren­te­mente pasó inad­ver­tido) el concierto de Nelson generó mucha expec­ta­tiva tanto entre el público como entre la crítica. El Carnegie Hall estaba aba­rro­tado. Es una suerte que la edición del álbum haya con­ser­vado los aplausos, huella indeleble de un público abso­lu­ta­mente entregado.

Sobre el escenario, 4 músicos que se entienden entre sí con la com­pli­ci­dad y la confianza a que sólo dan el paso de los años y que les permite enten­derse con la mirada. Uno, al ver cómo actúan en el escenario, entiende a la primera que todos recuerdan las fechas de ani­ver­sa­rio del resto de com­po­nen­tes, tal es el vínculo que les une. Uno no puede más que sentir envidia al encon­trarse con personas unidas por lazos tan fuertes.

Pese a haber sido aclamado durante toda su carrera, «Smoothy Lips» Nelson está lejos de estar blasé de su trabajo. Por el contrario, su entu­siasmo no decrece y sin duda el pasado 3 de enero era un día especial para él (aunque no me consta que también fuera su ani­ver­sa­rio) pues lleva tiempo inten­tando volver a reunir a repasar los aciertos de sus últimas décadas y hacer una cele­bra­ción de la madurez adquirida durante los últimos cinco años. En defi­ni­tiva, parecía buscar home­na­jearse a sí mismo en un único concierto que resumiera su tra­yec­to­ria vital y celebrara el paso del tiempo como se merece: como, por ejemplo, cuando alguien cumple la res­pe­ta­ble cifra de 50 años y está esperando que le hagan una fiesta sorpresa.

The night that you forgot me, com­po­si­ción del mismo Nelson que por un momento sentí como dirigida a mi persona, dio inicio a la velada y al arranque del disco. Un tema melan­có­lico que te hace olvidar que nadie se ha acordado ni siquiera de llamarte por teléfono y con una notable velocidad de Terry Clark en el con­tra­bajo, puntuando con sus cuerdas cada latido de tu corazón con un pinchazo de dolor.

La noche continuó con Autumn leaves, un tema frágil como la entereza de alguien que entra en soledad en la crisis de los cincuenta y que, lo confieso, me hizo derramar algunas lágrimas. Estuvo furio­sí­simo Johnson a la batería con un solo que se prolongó durante 3 eternos minutos durante los que alguno apro­ve­cha­mos para cerrar los ojos y pedir deseos, en ausencia de otras opor­tu­ni­da­des más adecuadas para hacerlo.

Es un buen momento este para mencionar, creo, que pese a su evidente maestría, la mano derecha de Lalo Schriffin, el pianista que ha acom­pa­ñado a Nelson durante gran parte de su carrera, parece ir cada vez más des­acom­pa­sada de la izquierda, como dos hermanos que en apa­rien­cia se quieren pero uno de ellos no se digna en llamar al otro en una fecha impor­tante.

Una de las cotas altas de la noche fue, tal y como introdujo Oliver Nelson, una versión del tema de 1961 Mantecosa. El diálogo entre el pianista y el saxo­fo­nista llega a recordar, en algunos pasajes, ciertos momentos de tu infancia, cuando todo el mundo te prestaba atención y en el colegio la profesora te colocaba un gorro cuando cumplías años y tenías derecho a salir el primero al patio. Momentos que no volverán y recor­da­rás como algo lejano.

Escu­chando el solo de Nelson durante Lonesom Blues, el standard de Armstrong, calculé que en el Carnegie Hall tiene un aforo para 2800 personas. Por tanto, habida cuenta de que hay 365 días en un año, al menos 7,6 personas debían cumplir años en ese mismo momento. No valoré en la esta­dís­tica que pudiera haber gente que no acudiera al concierto pre­ci­sa­mente por ser su cum­plea­ños y hubieran optado por planes alter­na­ti­vos como estar con amigos. En todo caso, a ritmo de un tema con remi­nis­cen­cias de nueva Orleans y por tanto de los orígenes de Nelson, pensé que al menos habría 4 personas más en el recinto cum­pliendo años ese día y me pregunté si alguien les habría feli­ci­tado. La grabación en alta calidad de este disco seguro que trans­por­tará a los oyentes a refle­xio­nes similares, les animo a dejarse llevar para llegar a con­clu­sio­nes similares a las mías que no harán más que ayudar a entrar en este melan­có­lico blues.

Durante A Night in Tunisia, el cuarteto hizo gala de lo que son: no sólo una formación legen­da­ria sino también cuatro personas que se lo pasan en grande cuando están sobre un escenario. El concierto se convirtió por momentos en un inne­ce­sa­rio espec­táculo de amistad que nos res­tre­ga­ron con saña por la cara hasta hacernos gritar y llorar de rabia y envidia.

El concierto, en general reposado, tuvo su momento más animado durante la inter­pre­ta­ción de Ool Ya Koo, un tema que daban ganas de levan­tarse de la silla y sacar a bailar con amigos, de tenerlos. El único reproche que se le puede hacer a este cuarteto es que no per­mi­tie­ran al que escribe estas líneas subir al escenario durante los aplausos (llegando incluso a zaran­dearlo entre los cuatro) con la única intención de recibir algo del calor de su público en una fecha que era especial para todos.

No puedo más con­gra­tu­larme de la exce­len­tí­sima noticia que supone la edición en formato Long Play de una noche única que, gracias a su increíble calidad de sonido, podré revivir una y otra vez.