Revista literaria avant la lettre

Errores graves de verosimilitud cometidos por mis sobrinos mientras jugaban a indios y vaqueros

Ninguno de mis cuatro sobrinos (un niño y tres niñas) supera los diez años. Hasta donde sé, los vaqueros más jóvenes que han existido fueron los hermanos Clemens, de catorce y dieciséis años. Eran forajidos y los colgaron en 1867, en Nuevo México.

El campo de la provincia de Tarragona ni guarda parecido geológico ni puede cali­fi­carse de ninguna de las maneras como «Lejano Oeste».

Ninguna tribu de indios nativos nor­te­ame­ri­ca­nos hablaba catalán.

Los vaqueros, por regla general, no hablaban catalán. A no ser que fueran emi­gran­tes resulta poco creíble.

Los vaqueros no usaban chándal, ni bermudas, ni camisetas del Fútbol Club Barcelona.

Los vaqueros usaban botas o calzado adecuado para su trabajo, no chan­cle­tas playeras.

Uno de los vaqueros era cla­ra­mente una niña, aunque el resto del grupo se refiriera a ella como Joe.

El bigote de Joe era osten­si­ble­mente falso y estaba pintado con car­bo­ni­lla.

El cargo de sheriff jamás se otorgó a nadie tras una rabieta, llantos e inter­ven­ción de su madre para que le dejaran ser sheriff un rato.

La insignia de sheriff era falsa a todas luces.

El sheriff carecía estre­pi­to­sa­mente de carisma y se limitaba a seguir a Joe. Su capacidad de liderazgo consistía úni­ca­mente en amenazar con más rabietas.

Los caballos eran cla­ra­mente bici­cle­tas.

Ninguna tribu nativa india nor­te­ame­ri­cana fun­cio­naba como monarquía. Por lo tanto, que una de mis sobrinas fuera «la Princesa India» no puede cali­fi­carse más que de disparate histórico.

En el supuesto de haber existido, es más que dudoso que una Princesa India vistiera un traje de tul rosa y un sombrero de cartulina.

El Malvado Johnny también era una niña.

No quedan claros los motivos del Malvado Johnny para secues­trar a una Princesa India.

El Malvado Johnny no merece más cali­fi­ca­tivo que el de inepto, pues la Princesa India, pese a estar secues­trada, corría libre­mente por donde le daba la gana.

La Princesa India no parecía muy afectada por el secuestro y alternaba gritos de auxilio con car­ca­ja­das.

Ningún sheriff inte­rrum­pi­ría una misión de rescate para merendar pan con nocilla.

Las pistolas eran cla­ra­mente los dedos índice y pulgar exten­di­dos.

Aún en el caso hipo­té­tico de que el Malvado Johnny sufriera algún tipo de alu­ci­na­ción y creyera que le estaban apuntando con armas reales, es ridículo intentar defen­derse con un puñal de plástico.

El sonido de los disparos cla­ra­mente estaba hecho con la boca.

Nadie en su sano juicio se parte de risa cuando sufre ester­to­res ter­mi­na­les.

Pese a la opinión del sheriff y de Joe, el Malvado Johnny cla­ra­mente no estaba muerto. Seguía riéndose.

Que la Princesa India se enamorase de Joe nada más conocerse y que ambos deci­die­ran casarse no es solo into­le­ra­ble­mente estúpido sino que resulta total­mente infantil.

Ningún Estado nor­te­ame­ri­cano del siglo XIX habría permitido una boda entre una india de cuatro años y un vaquero de raza blanca de ocho. Y más teniendo en cuenta que son hermanas.