Revista literaria avant la lettre

En los sueños empiezan las responsabilidades civiles

Voy con la familia a San Sebastián, a una boda.

Llegamos un día antes y, por algún motivo que se me escapa, acabamos en una papelería muy grande. Enorme. Nos debe parecer un sitio estupendo, porque pasamos ahí toda la tarde, mirando clips, gomas de borrar y otras mara­vi­llas.

A la hora de cerrar, mis padres han forjado una sólida amistad con el dueño, un señor curtido, con barba y jersey de cuello alto y que te mira a los ojos cuando habla, como si pudiera des­ci­frarte.

Yo, que apenas he hablado con el dueño, les digo a mis padres que voy a salir a la calle a fumar.

Entonces el señor, con sus ojos claros y agudos, se acerca y me dice que para dejar el tabaco es necesaria una voluntad sincera. Yo, que en el sueño se ve que ya había intentado dejar de fumar, le digo que sí, pero que no basta con la voluntad.

El hombre se me acerca con decisión, inva­diendo mi espacio vital. Sin embargo no me siento amenazado; el dueño de la papelería me desmonta con la mirada; transmite serenidad. Como si estuviera de vuelta de todo y supiera cosas que yo no sé y que ni siquiera podría com­pren­der, dice (sin atisbo de pater­na­lismo, esto es impor­tante) que quizá me faltó con­vic­ción.

Súbi­ta­mente ofendido (sos­pe­cho­sa­mente ofendido, matizaría) salto y le levanto la voz para decirle que con­vic­ción no me faltó y que tengo la con­cien­cia tranquila.

He olvidado mencionar que, durante todo este rato, llevo puesta una bata de hospital. Des­co­nozco si es porque me acaban de dar el alta y no he tenido tiempo de cambiarme o si es una decisión volun­ta­ria; en el sueño no se espe­ci­fica nada al respecto.

Mi estallido de ira más el atuendo han enra­re­cido el ambiente. Papá, aturdido, inten­tando salvar la amistad con el señor de la papelería, corre al expositor de novelas de bolsillo y compra una para reparar cualquier ofensa moral causada.

Paga el libro a toda prisa y me lo da. Toma, me dice, es para ti. Lo cojo y pesa un montón. Es muy volu­mi­noso y las tapas son de piel aper­ga­mi­nada, quizá por eso le ha costado 100 euros. Miro el título. El club Dumas. Oh, por favor, papá, ya lo he leído y además (en voz baja, para que el señor no lo oiga) es muy malo. Y enfatizo mucho el muy.

El señor supongo que me ha oído. Se acerca sonriendo afa­ble­mente y, con deli­ca­deza, me quita el libro de las manos. Dice que está de acuerdo, que es muy malo.

Y entonces me colma un sen­ti­miento de pena, como una epifanía. Me abalanzo sobre ese señor que apenas conozco y lo abrazo como si él pudiera salvarme de algo que llevo dentro y no me atrevo a mirar. Lloro y él también me abraza con fuerza y siento que me acepta y sus manos enormes están llenas de consuelo y confío en él y sé que está dispuesto a acom­pa­ñarme muy lejos, todo el tiempo que haga falta.  

Elipsis. Un rato después. Caserío des­tar­ta­lado. Nos reunimos con otros invitados a la boda. Vamos a pasar la noche en una especie de establo. Todos estamos muy contentos y encan­ta­dos con el sitio. Pagando un precio razonable vamos a poder vivir como vaga­bun­dos una noche.

A la mañana siguiente vamos hacia el hotel donde se celebra el banquete. Está en el casco viejo. Es el hotel Victoria y la fachada da al rompeolas. Tiene columnas junto a la entrada y, desde fuera, parece un palacio italiano, aunque esto último lo cogería con pinzas, pues mis cono­ci­mien­tos arqui­tec­tó­ni­cos en sueños quizás no sean del todo precisos. 

Mientras subimos las escaleras de la entrada, mamá me recuerda que ya estuvimos en este hotel, hace muchos años. Sí, me acuerdo. Lo elegimos porque a mi hermana y a mí el logo de color naranja nos pareció más bonito que el de otro hotel, que tenía el logo azul.

En un gran salón de techo bajo, con cortinas gruesas en los ven­ta­na­les y en una penumbra agradable, los invitados asistimos al desfile en fila india y en zig zag de la novia y de todos los parientes hasta el décimo grado, con una coreo­gra­fía precisa y austera, que tiene pinta de ser una tradición anti­quí­sima y pagana.

No conozco a la novia. De hecho no veo a nadie conocido. La hermana de la novia tiene una sonrisa muy bonita. Quiero casarme con ella hasta que, dos segundos después, desfilan tres primas segundas y me enamoro de las tres, aunque más de la tercera, que es la que me mira y sonríe.

Pero aunque no sepa que estoy soñando, allí sé que estoy soñando despierto. Es imposible que alguien así se fije en un despojo como yo. No, no. Olvídalo. No la vuelvas a mirar. Seguro que tiene pareja. Seguro que es un novio con el pelo al cuatro, que resalta la forma de su cabeza perfecta, redon­deada donde toca, y que lleva polo y pan­ta­lo­nes cortos llenos de bolsillos que no usa porque le resulta más práctica la bandolera cruzada donde guarda las tarjetas, el móvil y las llaves de casa y del coche. Son felices, creo, y a ella le hace gracia verlo ilu­sio­nado porque acaba de montar cuatro altavoces en el falso techo y, en realidad, a ella también le hace ilusión pensar en que cuando lleguen a casa se acu­rru­ca­rán en el sofá para ver John Wick 3 y que él le irá pre­gun­tando todo el rato si nota lo bien que se oye.

Aunque quizá no tiene pareja, pero si se tiene que liar con alguien de la fiesta yo sería el último o el penúltimo de la lista, o sea que mejor miro cómo los demás flirtean, desde la supe­rio­ri­dad moral de mi complejo de infe­rio­ri­dad.

Recuerdo que llevo sin fumar desde ayer. Quiero dejarlo, pero no de momento. Me falta con­vic­ción. Luego saldré a fumar.

Uno de los invitados me da con­ver­sa­ción y resulta que es hermano del dueño de la papelería. Es verdad que se parecen, aunque este es un poco más bajo y a veces aparta la mirada cuando habla. Es agradable charlar con él. Todavía no han sacado las bandejas con los canapés y ya tengo la sensación de que ha pasado una semana, que hemos vivido un montón de cosas juntos y que somos buenos amigos.

Lo dejo un momento para ir a ver qué hacen mis padres, y mamá me dice que el chico con el que he estado hablando es un actor americano, muy famoso, de una sitcom de HBO. Parece ser que soy el único que ni lo conocía a él ni a la serie.

Cuando lo vuelvo a ver le digo que no tenía ni idea de que era una cele­bri­dad. Pero él es muy modesto. Le voy son­sa­cando y, caramba, me doy cuenta de que es un titán de la comedia en Estados Unidos. A simple vista no es gracioso ni quiere serlo. Creo que es mi mejor amigo. Por eso me da pena cuando dice que se tiene que ir. Inten­ta­mos inter­cam­biar­nos teléfonos, pero ninguno de los dos lleva móvil y ni nos plan­tea­mos apuntarlo en un papel. ¿En serio? Pues sí. Nuestra amistad va a tener que superar este escollo, pero ambos estamos con­ven­ci­dos de que, de alguna manera, man­ten­dre­mos el contacto.

Nos des­pe­di­mos en la estación de autobuses que, con­ve­nien­te­mente, está dentro del hotel. En cuanto el autobús se pone en marcha caigo en la cuenta de que no me he hecho una foto con él para poder presumir delante de todos los que conocen la serie de HBO. También me quedo con las ganas de pre­gun­tarle si ha ido alguna vez a La Llama Store.

Por fin llegan los camareros con algo para picar. Van dejando bandejas en las mesitas altas con manteles rosas que hay espar­ci­das por el salón de forma, digamos, entre aleatoria e incon­ve­niente, porque para llegar a cual­quiera de ellas hay que apartar muebles o esquivar can­de­la­bros.

Tengo una mesa a unos diez metros y veo que la bandeja está rebosante de pasteles de chocolate, con un aspecto arre­ba­ta­dor, resultado quizá de una cola­bo­ra­ción febril entre Willy Wonka y Edward Teller. No soy el único seducido por los pasteles, ya que un grupo de mujeres elegantes me atropella y se lanza sobre ellos con un desespero, que dudo que se haya visto ni siquiera en el reparto de arroz y mantas tras una catás­trofe en un país con un PIB de 13 dólares.

Entre el barullo reconozco a dos primas mías. Creo que las saludaré más tarde.

No me resigno a quedarme sin probar, al menos, ese pastel en forma de merengue cubierto de chocolate blanco que ya no puedo dejar de ver. Un poco más lejos hay otra mesa, intacta. Los invitados que están cerca charlan en corrillos y la ignoran, así que voy hacia allí tran­qui­la­mente. Cuando estoy a punto de coger el pastel oigo movi­miento detrás de mí. Antes de poder girarme, se me echan encima y me apuñalan en la espalda, en el cuello, en los brazos, en las piernas.

Cuando me desplomo, los atacantes se han ido o se han mezclado en los corrillos. Nadie se fija en mí. No puedo gritar. Me estoy desan­grando. Ojalá mi mejor amigo estuviera aquí.

De algún modo logro salir del hotel y, de repente, tengo un móvil. Marco el 112 mientras empieza a dolerme todo. Me duele de una forma que sólo puedo definir como terminal. Oigo un tono de llamada y miro el mar, desde el rompeolas. ¿Esto es lo último que voy a ver? ¿El mar? Parece demasiado con­ve­niente, más aún cuando el mar no me gusta espe­cial­mente. Es un “Esto es lo último que vas a ver” de stock, imper­so­nal, como el pane­gí­rico del cura hablando de un muerto que no conoce. ¡Qué obs­ce­ni­dad! Alguien contesta al teléfono. Emer­gèn­cies, digui’m? Supongo que he llamado a Emer­gen­cias de Palma, no a las de San Sebastián. Les contesto también en catalán. Les digo que me han apuñalado. Me preguntan si mi estado es crítico, grave o así así.

La verdad es que no me encuentro demasiado mal a pesar de las puñaladas, pero tengo miedo de pasarme de prudente. Al fin y al cabo un apu­ña­la­miento no puede ser benigno. Les digo que grave. Me preguntan dónde estoy y les digo que en el hotel Victoria de San Sebastián, que no sé la dirección exacta, pero que está en el casco antiguo, al lado del rompeolas, que pre­gun­tando es fácil de encontrar. 

Pienso en lo difícil que tiene que ser trabajar como tele­fo­nista de emer­gen­cias. Hay que ser de una madera especial para que, estando en Palma, te pidan que mandes una ambu­lan­cia a San Sebastián y que lo aceptes sin rechistar. Lo primero es lo primero; luego ya dis­cu­ti­re­mos si era la solución más práctica.

Cuelgan. Sigo aquí, frente al mar, vivo. En la ciudad donde nació mamá. Hace rato que no veo a mis padres. No saben que me estoy muriendo en la calle.

Aunque ya dudo que me esté muriendo. Incluso la bata de hospital tiene menos manchas de sangre que antes.

Intento ponerme de pie y lo consigo sin problema. Esto es muy raro. Hace un poco de frío, así que vuelvo dentro, y de paso también aviso de que me han apuñalado.

En el salón hay un ambiente tenso. Cuando llego, lo noto. Los invitados están serios y conversan en voz baja. Por cosas que voy cazando aquí y allá comprendo que están hablando del apu­ña­la­miento. Con­cre­ta­mente de la reper­cu­sión negativa que tendrá en la boda, que hay que hacer un esfuerzo para que un incidente puntual no empañe un día, por lo demás, de diez.

Nadie habla de la víctima, o sea, de mí. Nadie se fija en que estoy sangrando (cada vez menos, es cierto). Nadie habla de linchar o, cuando menos, de atrapar a los cri­mi­na­les.

Es una sensación agridulce. Por un lado parece claro que voy a sobre­vi­vir; por otro lado, y como decimos en Mallorca, nobody gives a flying fuck.

Me parece ver a alguien conocido allá al fondo. Avanzo despacio. A medida que me acerco voy dis­tin­guiendo sus facciones hasta que puedo verle los ojos claros y pene­tran­tes.

El dueño de la papelería parece muy contento. Me coge por el hombro y me lleva aparte. Baja la voz para decirme que se alegra de verme, y me da la sensación de que es sincero. Sin embargo no puede evitar el elefante en la habi­ta­ción. Mira mi bata, que apenas tiene ya manchas de sangre, y cavila un momento, como si no supiera qué decir. Le pregunto si sabe quién ha sido. Se ríe y me dice que no me preocupe, que son cosas que pasan. Me duele, no lo puedo negar. ¿Esta es la persona en la que confiaba cie­ga­mente?

Ha pasado un buen rato. Estoy en el hall, esperando a la ambu­lan­cia, sentado en una butaca junto al ventanal. Da a la avenida que hay detrás del hotel. El sol está bajo y la luz es bonita. Me levanto los faldones y me miro la barriga. No hay sangre. No hay cortes. Solamente un circulito a la derecha del ombligo, como una pequeña lace­ra­ción o una quemadura del tamaño de una lenteja. Me escuece un poco, eso es todo. Estoy seguro de que los de la ambu­lan­cia se van a cagar en mi puta madre.

¿Qué vas a hacer?, me pregunta ella. Está sentada en el alféizar y ni siquiera me sorprende que esté. No puedo verle la cara. El sol me deslumbra, pero he reco­no­cido su voz. Quizá es muy con­ve­niente que esté a contraluz, porque así no tengo que mirarla. Hace tiempo que no aparecía, pero sigue ahí, como un espectro. ¿De qué humor habrá venido hoy? ¿Se irá algún día? 

Oigo un ruido y miro a la calle. Ya llegan. Es un heli­cóp­tero médico y está ate­rri­zando al lado del hotel. Vienen a salvarme. ¿Qué les voy a decir? ¿Que todo ha sido un sueño? Necesito salir a fumar. Espero que ella no me juzgue y que me acompañe. Sobre todo que me acompañe.